¿HAY UNA LENGUA DEL FUTURO?

Algunos años atrás (no muchos), la expresión “intercambio cultural” nos remitía a un adolescente viajando a otro país, y a una familia local recibiendo un extranjero en su hogar. Una experiencia solo accesible para algunos privilegiados. En la misma época, la decisión de estudiar una segunda lengua estaba limitada a un par de opciones, en la misma medida que lo estaba nuestra posibilidad de (tele)comunicarnos con el extranjero sin caer en la necesidad de hipotecar la casa.  Seguramente a esta altura, ya habrán enumerado mentalmente cuáles eran esas lenguas y les sobraron los dedos de una mano.

Como la única forma posible era escribir una carta en papel, no quedaba otra chance más que aprender vocabulario y gramática, y despachar en un correo ineficiente un sobre para algún “pen-pal” de rostro imaginario (a menos, claro, que en su país revelar una foto fuera una posibilidad menos onerosa). Y las nuevas generaciones se estarán preguntando: ¿revelar una foto?

Todo fue tan vertiginoso, que si tratamos de encontrar cómo y cuándo llegamos a este momento donde la hipercomunicación nos resulta natural, seguramente se nos haga difícil de establecer. Más de lo que pudimos imaginar en aquella época a través de la ciencia ficción, la globalización lo hizo realidad.

Hoy (como la ciencia ficción de los años ’80) hay algunos especialistas que vaticinan que hacia el año 2050, el mundo hablará una sola lengua. Otros - mucho más moderados- simplemente se preguntan qué lenguas serán preponderantes, cuáles tienden a desaparecer y del resultado de esta ecuación, saber cuáles valdría la pena aprender.

De todas las investigaciones llevadas a cabo en diferentes países del mundo y por distintos organismos (por citar algunos el British Council, Unesco, y la Modern Language Association), se desprende que todo dependerá del objetivo que persiga la persona al aprender una lengua: antes, encarar este aprendizaje se relacionaba a la idea de viajar, de irse y ser capaz de comunicarse en otro lugar. Encontrar una lengua que pudiera ser común en la mayor superficie posible del mapamundi con el objeto de hacerse entender (aún cuando viajar era mucho menos accesible que ahora).

Actualmente, mientras que algunas lenguas se presentan como predominantes para la economía y las finanzas (porque son habladas en países de economías emergentes), otras lo son en cuanto a la cultura (porque el mayor porcentaje de publicaciones escritas que se originan en el mundo son traducidas a ese idioma), y otras son las más utilizadas en el enorme caudal de intercambios que suceden en internet, particularmente, en las redes sociales. La importancia de este último ámbito radica en que es un terreno que las marcas codician para posicionarse cada vez más a través de lo que se conoce como disruptive marketing, o la generación de contenidos con los que los consumidores eligen interactuar porque les generan (y por ende, las marcas) un vínculo emocional.

En este sentido, nada más gráfico para explicar la importancia de llegar a las audiencias en su propia lengua que las palabras de Nelson Mandela: “Si le hablas a un hombre en una lengua que entiende, llegas a su mente. Si le hablas en su propia lengua, le llegas a su corazón”.

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